El pasado no existe
El futuro tampoco
El exceso de pasado es una enfermedad del alma. Lo más doloroso del pasado no es haber sufrido algo terrible ni haber perdido algo adorado, sino quedarse ahí, atarse, aferrarse a lo inexistente. Pues el pasado no existe. ¿O quién puede mostrarlo aquí y ahora? Nadie puede hacer algo así. Del pasado quedan vestigios, testimonios, reliquias, etc., pero todo eso tiene lugar únicamente en el ahora. Las ruinas de la ciudad cobran vida ante nuestros ojos cuando las observamos. La cicatriz está aquí ante el tacto y la mirada. Confundir la cicatriz con la herida es alimentar el dolor.
Hasta el pensamiento que vuelve al pasado a través del recuerdo también ocurre en el ahora. El pensamiento no puede materializar el pasado: tan solo puede evocarlo siempre en el ahora como imágenes, sentimientos o sensaciones. El ahora es absoluto.
Está bien tener historias y recordarlas. Hay mucho por apreciar y agradecer entre todo aquello que ya pasó. También es valioso aprender de lo que otros hicieron o de lo que nosotros mismos hicimos antes, sea “bueno” o “malo”. Pero nada de esto tiene por qué derivar en una relación compulsiva. Lo que malogra al pasado es la compulsión de traerlo al presente, incluso al punto de querer o temer que lo suplante. “Soy así porque a los dieciocho años…”; “tengo un trauma porque una vez…”; “no puedo superar ese momento en el que…”. Esas frases son hechizos que la mente lanza sobre sí misma.
No es necesario olvidar nada. No hay nada que rechazar. La luminosidad consiste en tener claridad acerca de qué es real y qué no. O, dicho de manera un poco más precisa, lo importante es entender qué tipo de realidad tiene cada cosa: eso es un recuerdo, ese es un pensamiento, esa es una fantasía; y esto inefable aquí y ahora es mi realidad. No hay por qué construir un juicio moral sobre el apego al pasado. La cuestión es más simple, más directa: evadir la realidad nos desconecta de lo que somos. Dicha desconexión es lo que experimentamos como sufrimiento. Y el pasado no puede excederse sin menguar la conexión con la realidad, que se da a través de la atención: atención al milagro de ser, sin afanarse por ser esto o lo otro.
El milagro de ser. Lo llamo milagro porque es inefable e inexplicable.
La mente olvida el milagro. Es imposible rememorar y recordar sin caer en el olvido de lo que está siempre aquí: el puro ser, tan vasto, tan íntimo. Si la expresión “el puro ser” suena muy abstracta, ensayemos una diferente: tú eres.
Todo esto aplica también para el futuro. Su naturaleza es diferente a la del pasado, pero su esencia es la misma. Ambos, pasado y futuro, solo existen cuando cruzan la claridad del ahora — para luego desaparecer. Su realidad se manifiesta mientras se viven; y su vida brota del ahora.
No hay que forzar la mente a concentrarse en el ahora. El ahora es tan pleno, tan real, que un pequeño destello es suficiente para traernos de vuelta a ese lugar del que, en realidad, nunca nos hemos apartado. Una caricia, un sabor, el ritmo de la propia respiración: he ahí los destellos. Cuando la atención abandona los afanes y se relaja, confiada y entregada a la plenitud del ahora, entonces cualquier cosa es un destello, todo destella y alumbra con su propia tonalidad, que puede ser oscura, ¿por qué no? Esa es su tonalidad. Lo real es como es.
Lo real es lo que somos.


